Lo que el arte nos enseña sobre el amor

Susana Grimberg. Nota para Radio Sentidos.

“Amo como ama el amor. No conozco otra razón para amar que amarte. ¿Qué quieres que te diga además de que te amo, si lo que quiero decirte es que te amo?” Fernando Pessoa

Romeo y Julieta, Otelo y Hamlet.
En la tradición literaria occidental, Romeo y Julieta es la historia de amor por antonomasia, y tanto es así que su fama excede a la del mismo Shakespeare. Aunque el argumento no sea invención suya, Shakespeare lo fijó en su forma definitiva además de transformarla en una obra magistral. Es más, de la tragedia shakesperiana partieron los creadores de las más diversas disciplinas artísticas, desde la literatura, la pintura y la música hasta la danza, la ópera y el cine, de modo tal que cada uno de los mismos, recrearon la historia de los amantes de Verona.

En realidad, Shakespeare fue el primer autor en delinear personajes claramente definidos, con características propias, inconfundibles. En la introducción de su Shakespeare, la invención de lo humano, Bloom incluso llega a decir que para él Yago o Falstaff tiene mucha más realidad que muchas personas que ha conocido. Lo interesante, además, es que esta cualidad no se quedó en lo meramente literario, sino que el genio de Shakespeare se extendió hacia la realidad misma y, por ejemplo, nos ofreció un modelo para enamorarnos (Romeo y Julieta), sentir celos (Otelo) o vivir la neurosis (Hamlet).

Dijo Freud: “Nunca estaremos protegidos contra las cuitas que cuando amamos. Nunca más desdichados y desvalidos que cuando hemos perdido el objeto amado o su amor”.

Para Freud, la consecuencia de las condiciones inconscientes de amar, será que solo puede amarse a quien cumpla las condiciones específicas de cada sujeto, lo que nos acerca a la no-relación sexual planteada por Lacan. Que no haya relación sexual implica quiere decir que no se puede elegir pareja solo porque se cumpla una condición de complementariedad biológica, tal y como ocurre entre los animales.

En otras palabras, se requiere de la “contorsión significante “para que pueda haber una elección amorosa. Aquél a-muro (a-mur, amour) que planteara Lacan en sus charlas de Sainte- Anne Hablo a las paredes (a los muros) parafraseando a Antoine Tudal:
Entre el hombre y la mujer,
Está el amor.
Entre el hombre y el amor,
Hay un mundo,
Entre el hombre y el mundo,

Hay un muro.
Dicho de otra manera: hay condiciones de amor entre el hombre y la mujer, malentendidos y locuras.
En Introducción del narcisismo, Freud comparaba ya los estados amorosos con la locura a partir de la sobrestimación del objeto amoroso y el empobrecimiento del yo propio. Como nos indica Lacan en su primer seminario “Cuando se está enamorado se está loco”, sólo que hay sutiles, pero importantes diferencias entre la locura y las psicosis. Lo que abre una posibilidad de acceder a una dimensión más poética del amor: amar con locura. Un amor como acontecimiento en la trama de cada sujeto, en donde podamos concluir, junto a Gustavo Cerati “Yo siempre amé tu locura”.
La escultura. Un camino para hablar del amor.

Auguste Rodin (1840 -1917), esculpió, en mármol, la estat ua, por todos conocida como “El beso”. El Beso representaba en su origen a Paolo y Francesca, personajes procedentes de La Divina Comedia, poema de Dante Alighieri (1265-1321). Asesinados por el marido de Francesca que los sorprendió besándose, ambos enamorados fueron condenados a errar por los Infiernos. Este grupo, diseñado de forma temprana por Rodin, en el proceso creativo de La Porte de L’Enfer [La Puerta del Infierno], se encuentra bien situado frente a Ugolino, hasta 1886, fecha en la que el escultor tomó conciencia de que esta representación de la felicidad y de la sensualidad estaba en contradicción con el tema de su gran proyecto. Fue entonces que hizo de éste una obra autónoma que pudo mostrar a partir de 1887.

El modelado flexible y liso, la composición muy dinámica y el tema encantador, hicieron que este grupo tuviera un éxito inmediato. Como ningún detalle anecdótico hacía recordar la identidad de ambos amantes, el público lo bautizó Le Baiser [El Beso], título abstracto que traduce bien su carácter universal.

El Estado francés encargó una versión ampliada en mármol que Rodin puso cerca de diez años en entregar. Fue solo en 1898 que aceptó mostrar lo que llamaba su “gran bibelot” para contrarrestar al atrevido Balzac, como para que aceptase mejor a éste último.
La pintura

El beso de Gustav Klimt es un retrato sobre la lujuria y el amor. La carrera de Klimt estaba en decadencia cuando pintó El beso. Y la creó en un momento de pánico creativo. En 1907, tal vez para recuperarse de la mala recepción de sus frescos de Viena, Klimt pintaba con furia, pero dudaba de su trabajo. Confesó en una carta: “O soy demasiado viejo, o demasiado nervioso o demasiado estúpido, algo debe estar mal”. Pero al poco tiempo, comenzaría la pintura que sería su obra más popular.
La pieza refleja un choque de estilos artísticos. La pose de los amantes representados en El Beso refleja las formas naturales favoritas del movimiento Art Nouveau de Viena. Sin embargo, las formas simples con diseños llamativos de los mantos de la pareja, muestran el impacto del movimiento Arts and Crafts, siendo el primer ejemplo del “Periodo Dorado” de Klimt.

Inspirado por los mosaicos bizantinos que había visto en sus viajes, Klimt mezclaba pan de oro en sus pinturas al óleo para crear lo que se convertiría en su estilo característico. El beso fue el comienzo de uno de los temas principales de Klimt. La obra del pintor se centró principalmente en las mujeres, por lo que la inclusión de un hombre (aunque fuera uno cuyo rostro está oculto) era inusual para Klimt. La modesta vestimenta de los protagonistas también marca este cuadro como una de las creaciones más conservadores de Klimt.

Algunos historiadores del arte han teorizado que los amantes no son otros que el pintor austríaco y su pareja de mucho tiempo, la diseñadora de moda Emilie Flöge, a la que había representado previamente en un retrato.

Otros han postulado que la encantadora señora de El Beso en realidad era la dama de la alta sociedad Adele Bloch-Bauer, que había posado para un retrato del “Periodo Dorado” ese mismo año. Otros han sugerido el pelo rojo es un indicio de que es “Red Hilda”, la modelo que Klimt empleó para Danae, Lady with Hat and Feather Boa, y Goldfish.

No sólo El Beso mide 180 por 180 centímetros, sino que Klimt y El beso fueron acuñados. En 2003, Austria emitió una moneda conmemorativa de 100 euros que tenía un grabado de El Beso por un lado y un retrato de Klimt trabajando en su estudio en el otro.
Amar y ser amados.

Pese a que los vínculos amorosos han mejorado la manera de entenderse, que el divorcio facilita terminar con vínculos enfermos, que el lugar de la mujer es de mayor reconocimiento y libertad, la pareja sigue siendo una fuente importante de sufrimiento en la existencia humana.

El sociólogo Zygmunt Bauman, en su libro Amor líquido, nos habla de la fragilidad de los vínculos humanos, a causa de que el consumo sin freno y sin límites éticos, ha marcado el modo de amar de los seres humanos, de modo tal que los miembros de la pareja pueden ser considerados, por ambos, casi al unísono, como descartables.

En este contexto, al independizarse la sexualidad cada vez más del amor, adquiere las formas de una transacción circunstancial y los vínculos amorosos pueden disolverse con gran facilidad.
Debemos tener en cuenta que el enamoramiento, siempre presente en la vida de hombres y mujeres, lo va a ser en la medida en que resulta del reencuentro en un otro de rasgos particulares tales que recuerdan a las experiencias de amor de la vida infantil (Freud). Esta característica del enamoramiento posiblemente constituya una de las razones de la presencia de una pareja, con proyecto de duración en las diferentes culturas. Y, posiblemente, esta necesidad de reencontrar y estabilizar en la adultez algo de la potencia amorosa de la vida infantil, tenga relación con el deseo de formar familias que, tal como señala E. Roudinesco, tendencia que parecería no solo no extinguirse sino redoblarse en nuestros días.
Como ustedes saben, la palabra es no-toda, quiero decir que ninguna palabra encierra una verdad o un significado absoluto sino que el sentido surge al poner a cada palabra en relación con otra. Entonces, si el lenguaje arma el muro, la comunicación es difícil de lograr desde el momento en que cada palabra puede tener diversos sentidos y depende de la interpretación que cada uno haga de la misma. La torre de Babel es una metáfora de la comunicación entre personas que hablan, se mal entienden y desentienden en el mismo idioma.

El amor en los tiempos en los que la velocidad es un ideal
El amor en los tiempos del consumo, de la rapidez, de la superficialidad en las relaciones amorosas, alejan a los integrantes de una pareja de un compromiso afectivo real. Las parejas que se disuelven al poco tiempo de convivencia por sentir que la “costumbre”, había atentado contra el enamoramiento, la pasión, el deseo. Por otra parte, llama la atención la dificultad de los miembros de las parejas para compartir, inmersos en el afán de competir que se observa en las relaciones humanas en general.
En “El malestar en la cultura”, Sigmund Freud señaló que el ser humano “toma el amor como punto central y espera la máxima satisfacción del amar y ser amado”. El amor sexual era considerado entonces el método por excelencia para conseguir la felicidad.

George Bataille, sostiene que lo más grave que viene sucediendo con las parejas es que, consideran al hábito como lo que apaga la intensidad de la pasión cuando “el hábito tiene el poder de profundizar lo que la impaciencia no reconoce”.

Quiero concluir con este pensamiento de Jacinto Benavente:
“En asuntos de amor, los locos son los que tienen más experiencia. De amor no preguntes nunca a los cuerdos; los cuerdos aman cuerdamente, que es como no haber amado nunca”.

Susana Grimberg. Psicoanalista, escritora y columnista

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