La Envidia y el rencor: ¿socios para la destrucción?

“La envidia es mil veces más terrible que el hambre, porque es hambre espiritual”. Unamuno

Podríamos decir que sí, que la envidia y el rencor son socios para la destrucción del otro pero, también, para la autodestrucción. La frase “muere de envidia”, remite a alguien muriendo a causa de esa pasión que a fuerza de querer destruir o dañar a otro, se torna autodestructiva y que el sufrimiento causado por la envidia, conlleva algo mortífero.
El tema de la envidia ha sido tomado por los filósofos, sociólogos, educadores y escritores y tiene se encuentra en la lista de los siete pecados capitales. Fue por celos por la envidia que Caín mató a Abel.
Platón hace hablar a Sócrates sobre la envidia y así la define: “Es envidia la que provoca placer por las desgracias de los amigos”. “La envidia se tapa la cara con la risa burlona, aunque el alma se duele”.

El término envidia procede del latín invidia, derivado de invidere, que significa “mirar con malos ojos, con envidia” y éste, de videre, “ver”. (Diccionario etimológico de Joan Corominas). Quien está invadido por este sentimiento, mira con “malos ojos” las cualidades, éxitos o posesiones de los demás, lo cual le lleva a acumular rencor, además de una profunda insatisfacción. Por otra parte, el afectado por la envidia (digo afectado por es casi una afección), oculta sus emociones y finge no importarle lo que sucede a su alrededor, dado que se resiste a aceptar el despecho que le produce que otro sea merecedor de algún reconocimiento.
La envidia y la falta de autostima
Desde una edad muy temprana, son los padres los que enseñan a sus hijos a valorar lo propio y a luchar por alcanzar las metas que se proponen, lo que se traduce en mantener alta la autoestima. De no suceder de este modo, el niño descalificado por sus padres, puede llegar a sentirse tan devaluado, que aspire a ser y a poseer lo que los otros tienen.
Es cierto que alguna vez en la vida, se puede caer en las redes de la envidia, de desear lo que el otro tiene, pero es un sentimiento que suele ser pasajero y, que a muchos, les sirve de estímulo para superarse a sí mismos.
No puedo desestimar que la envidia se manifiesta, también, en las situaciones en las que los mismos padres compiten con los hijos. Envidia que claramente, lleva la marca de la autodestrucción como padre y como madre pues un padre es el que se siente realizado con los logros de los hijos y, si rivaliza con ellos ya sea por la edad o por el éxito en lo que emprenden, se autodestruye como padre, porque a lo que él debería aspirar es a que el hijo lo supere, que tenga los elementos necesarios para ser, incluso, mejor que él.

En nombre de la igualdad

Si pensamos en la universalidad del mal de ojo, llama la atención que en ninguna parte haya la menor huella de un buen ojo, de un ojo que bendice. Por otra parte, la envidia está emparentada con los celos y el odio: no se envidia lo que posee el envidiado, sino la imagen que el envidiado proyecta en el mundo. Además, el odio al envidiado se pronuncia por no poder ser como él. Ese odio conlleva el odio a sí mismo por ser como es.
Si un rey o el príncipe provocan envidia no es sólo por sus privilegios, sino porque el que envidia, también querría ser rey pues, hay en la naturaleza humana una parte importante de maldad y egoísmo. Con respecto a esto, quiero recordarles el viejo dicho de Platón, que los buenos son los que se conforman con soñar aquello que los otros, los malos, hacen realmente.
S Freud, (Psicología de las masas y análisis del Yo) dirige la mirada hacia la brutalidad y crueldad de la guerra y dice que “un puñado de ambiciosos y farsantes inmorales no habrían logrado desencadenar todos esos malos espíritus si los millones de seguidores no fueran sus cómplices”. Incluso, atribuye estos horrores a la envidia originaria. “Ninguno debe querer destacarse, todos tienen que ser iguales y poseer lo mismo”. La justicia social o el igualitarismo, apunta a que cada uno debe denegarse muchas cosas para que “también los otros deban renunciar a ellas o, lo que es lo mismo, no puedan exigirlas”.
Igual núcleo tiene la bella anécdota del fallo de Salomón. Si el hijo de una de las mujeres ha muerto, tampoco la otra ha de tenerlo vivo.
Esta exigencia de igualdad es, por otra parte, la que propiciaron y propician los estados totalitarios que no contemplan la igualdad de posibilidades sino que conducen a rechazar las diferencias intrínsecas a cada sujeto. No hay que obviar que la exigencia de igualdad de la masa sólo vale para los individuos que la forman, no para el conductor. Todos tienen que ser iguales entre sí, pero todos claman por un líder, el que los mantiene unidos.

La Envidia y el odio a sí mismo

Para acercarnos mejor al tema de la envidia, no podemos no contemplar la cuestión de la universalidad del mal de ojo. Además, llama la atención que en ninguna parte se hable de un buen ojo.
Los poderes que se le atribuyen, por ejemplo de secar la leche y de traer enfermedad y desdicha, es lo que la gente llama “estar ojeado” y es la mejor imagen de ese sentimiento que se llama envidia. Lo más ejemplar es que esa mirada amarga hacia el otro, atenta contra el mismo que la dirigió quien puede quedar descompuesto dejándolo bajo el efecto de su propia ponzoña.
El psicoanalista Jacques Lacan, en el seminario “Los cuatro conceptos fundamentales” desarrolla el tema de la envidia y dice que al hablar del mal de ojo, hay que tener en cuenta que la mirada en sí, no sólo termina el movimiento, también lo fija. El mal de ojo es el fascinum, aquello cuyo efecto es detener el movimiento y, literalmente, matar a la vida. También, dice Lacan que había pensado que “en la Biblia tenía que haber pasajes en que el ojo diera buena suerte” pero, definitivamente, no. Lo referido al ojo, nunca es benéfico sino que, siempre, es maléfico. En la Biblia, no hay ojo bueno, pero malos, por doquier.
Es interesante pensar en que, cuando se hace referencia a la envidia, se puede asociar con el hecho de que se puede inocular o inyectar veneno a través de la mirada. Lo que no se espera es que el retorno de ese acto movido por la envidia pueda ser una vuelta contra sí mismo. Para representarlo, hay un dicho idish que dice: El que transporta manteca sobre la cabeza, no debe caminar al sol”.

La envidia, los celos y el odio.

La envidia está emparentada con los celos y el odio. No se envidia tanto lo que posee el envidiado, sino la imagen que el envidiado proyecta como poseedor de ese bien. Odio al envidiado por no poder ser como él. Odio también a sí mismo por ser como es. La envidia está muy relacionada con los celos. El envidioso recela del otro porque, a su juicio, le opaca y le hace sombra.
La envidia está emparentada con los celos y el odio. No se envidia tanto lo que posee el envidiado, sino la imagen que el envidiado proyecta como poseedor de ese bien. Odio al envidiado por no poder ser como él. Odio también a sí mismo por ser como es.
Dijo Lacan, en La familia, que “El niño o quien quiera no envidia forzosamente aquello que apetece. ¿Acaso el niño que mira a su hermanito todavía necesita mamar? Todos saben que la envidia suelen provocarla comúnmente la posesión de bienes que no tendrían ninguna utilidad para quien los envidia, y cuya verdadera naturaleza ni siquiera sospecha”.

Natalio Steiner, en su nota sobre “Satanismo y demonología en el judaísmo”, expresa que, efectivamente, lo referido al diablo se filtra en la religión judía y, que uno de los motivos por lo cuales se toca el Shofar en Rosh Hashana es “Learbev et a Satán “, esto es, confundir al diablo el que se manifiesta “como todo lo oculto y misterioso, despierta curiosidad y asombro y ha encontrado de parte del vulgo respuestas basadas en la superstición, la ignorancia, cuando no en cierta deformación idolátrica”.

El mal de ojo, también se relaciona con temas basados en la superstición y en la creencia de que por haber sido objeto de la envidia de otro, la mirada de ese otro pudo producirle síntomas como dolor de cabeza, nauseas y diversos malestares.
Para reflexionar, les propongo volver a leer el Capítulo I del Eclesiatés:
“El ojo no se satisface con ver, ni el oído se harta de oír. Lo que ha sido es lo que será, y lo que ha sido hecho, es lo que se hará. Y no hay nada nuevo bajo el sol.

Susana Grimberg. Psicoanalista, escritora y columnista.

Admin Radio Sentidos

Sólo buenas noticias

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *