El poder del amor

“Hay que saber que no existe país sobre la tierra donde el amor no haya convertido a los amantes en poetas”. Voltaire

La resistencia al matrimonio

Días atrás, entrando al edificio, nos encontramos con una vecina muy joven. Madre de dos chicos, cargaba, con mucho esfuerzo, un bolso de grandes dimensiones. Cuando le preguntamos de dónde venía sola y con tanto peso, nos dijo que de pasar un fin de semana con un grupo de amigas. ¿Un fin de semana? Preguntamos. Sí, nos contestó. Nos reunimos en la casa de una amiga, para darle ánimos porque estaba por estaba por casarse. Una despedida de soltera, dijo. Enseguida, Alfredo le respondió: “Hay ballotage”. Sonreímos los tres.

En realidad, pese a que los vínculos amorosos han mejorado la manera de entenderse, que el divorcio facilita terminar con vínculos enfermos, que el lugar de la mujer es de mayor reconocimiento y libertad, la pareja sigue siendo una fuente importante de sufrimiento en la existencia humana.

Suele sucederme, sobre todo en las reuniones con conocidos, amigos, escritores y gente en general, que alguien me pregunte sobre los motivos de la resistencia, tanto de hombres como de mujeres, para contraer matrimonio. Como esta vez, se trataba de un vecino que había sido invitado a una cena de cumpleaños, le contesté que sólo le puedo decir que es cierto lo de la resistencia a convivir pero que, debo admitir, no deja de ser extraño que, justamente hoy, que las parejas pueden elegir el modo de convivir, compartir cuestiones respecto del manejo del dinero, incluso lograr una mayor libertad sexual, el miedo al matrimonio se haya intensificado.

Un rato después, volvió a acercarse para preguntarme acerca de qué es lo que produce tanto sufrimiento si hay una mayor libertad, y le dije que algunas cosas se habían modificado pero que, acompañando a las mismas, las fuentes de sufrimiento también. De todas maneras, le dije, como nada es para siempre, siempre está la posibilidad de volver a elegir, si las cosas no funcionan como se esperaba. Es que tanto los novios que están por casarse como sus padres, además de los sobrevivientes de un primer matrimonio que no han escarmentado y están pensando en casarse de nuevo, nos remite a la frase de Oscar Wilde, que “re incidir es el triunfo de la esperanza sobre la experiencia”.

En el judaísmo el matrimonio no es un sacramento, como lo es en el catolicismo, sino un arreglo legal, que consta de una serie de eventos y rituales tradicionales, algunos opcionales y otros obligatorios. De todos ellos, llama la atención los Tenaim (“Condiciones”), que es un ritual opcional equivalente a una ceremonia de compromiso. Se trata de un contrato que especifica el día y la fecha de la ceremonia del matrimonio (la “jupá”) y, luego de que los testigos leen y firman los tenaim, las futuras co-suegras rompen un plato para simbolizar el futuro rompimiento de las relaciones que tenían con los hijos, pronto responsables el uno por la otra. Es más, generalmente los tenaim se hacen muy pocos días antes del matrimonio, ya que si el matrimonio no se llega a realizar, se necesita un get (documento de divorcio) para anular los tenaim.

El sociólogo Zygmunt Bauman, en su libro Amor líquido, nos habla de la fragilidad de los vínculos humanos, a causa de que el consumo sin freno y sin límites éticos, ha marcado el modo de amar de los seres humanos, de un modo tal que los miembros de la pareja pueden ser considerados, por ambos, casi al unísono, como descartables. Es que los vínculos duraderos despiertan el temor de una dependencia paralizante, al tiempo que, según Bauman, tampoco parecen rentables desde la lógica comercial.
En este contexto, al independizarse la sexualidad cada vez más del amor, adquiere las formas de una transacción circunstancial y los vínculos amorosos pueden disolverse con gran facilidad.

Debemos tener en cuenta que el enamoramiento, siempre presente en la vida de hombres y mujeres, lo va a ser en la medida en que se encuentran en otro, rasgos particulares que recuerdan a las experiencias de amor de la vida infantil (Freud). Esta característica del enamoramiento posiblemente constituya una de las razones de la presencia de la pareja con proyectos duraderos en las diferentes culturas. La necesidad de reencontrar y estabilizar en la adultez algo de la potencia amorosa de la vida infantil, tiene relación con el deseo de formar una familia que, como señala E. Roudinesco, es tendencia que no solo no se extinguió sino que se redobla en nuestros días.

Ansias de amar

En mi nota “Las vueltas del amor” Comunidades Nº 517 (19/02/2012), elegí como acápite la siguiente poesía de Antoine Tudol: Entre el hombre y la mujer, está el amor./ Entre el hombre y el amor, hay un mundo. / Entre el hombre y el mundo, hay un muro.

Estos versos además de dar cuenta del malentendido que se produce por el hecho mismo de hablar, muestran que la incomunicación es inherente al orden de lo humano. ¿Por qué? Por que entre dos, dos personas o una persona y el mundo, hay un muro y ese muro es el lenguaje.

Como ustedes saben, la palabra es no-toda, quiero decir que ninguna palabra encierra una verdad o un significado absoluto sino que el sentido surge al poner a cada palabra en relación con otra. Entonces, si el lenguaje arma el muro, la comunicación es difícil de lograr desde el momento en que cada palabra puede tener diversos sentidos y depende de la interpretación que cada uno haga de la misma. La torre de Babel es una metáfora de la comunicación entre personas que hablan, se mal entienden y desentienden en el mismo idioma.

Decir “aún ahora” no es lo mismo que decir “a una hora” y, “todavía”, no es igual a “toda vía” aunque tengan las mismas letras. Frases y oraciones pueden ser semejantes pero estar sujetas a una diferente interpretación.

En el Talmud, desde el momento en que para el pensamiento judío no hay verdades absolutas, podemos descubrir cómo los mismos exégetas bíblicos no se ponen de acuerdo en diversos puntos que hacen a la vida misma. Esta cuestión, se torna más evidente en lo que hace a la vida de una pareja.
El judaísmo, no trata al amor como un ideal ni como una pasión indómita sino como una obligación, un deber, una responsabilidad. Sin embargo, el encanto, la fascinación y la magia del amor hacen al amor. Cuando esto cede, el divorcio es la mejor opción.

En el catolicismo, el matrimonio fue elevado a uno de los siete sacramentos de la Iglesia católica. Esto implica que, según la teología, fue instituido por Dios y elevado a “sacramento” por Cristo y que es un signo visible de la gracia. El sagrado sacramento: “Lo que Dios une, el hombre no lo separa”, o la frase “unidos hasta que la muerte los separe”, surgió para proteger y no desamparar a la mujer.
El amor en los tiempos en los que la velocidad es un ideal

El amor en los tiempos del consumo, de la rapidez, de la superficialidad en las relaciones amorosas, alejan a los integrantes de una pareja de un compromiso afectivo real. Las parejas que se disuelven al poco tiempo de convivencia, lo hacen porque sienten que la “costumbre” había sido el peor atentado contra el enamoramiento, la pasión y el deseo. Por otra parte, llama la atención la dificultad de los miembros de las parejas para compartir, inmersos en el afán de competir que se observa en las relaciones humanas en general.

Una vía para empezar a entender la cuestión, es poder pensar cuánto influye el ideal del amor que tiene cada uno de los miembros de la pareja desde antes de conocerse, qué lugar le daban al amor los propios padres.
Por otra parte, a mí parecer, habría que poder hacer propias las palabras de Julia Kristeva: “el lenguaje amoroso es un vuelo de metáforas; es literatura”.

En mi nota sobre “Familias ensambladas”, Comunidades Nº 498 (30/03/2011), sostuve que el matrimonio por amor es un logro de la libertad.

En “El malestar en la cultura”, Sigmund Freud señaló que el ser humano “toma el amor como punto central y espera la máxima satisfacción del amar y ser amado”. El amor sexual era considerado entonces el método por excelencia para conseguir la felicidad. Y esta idea hoy sigue manteniendo su vigencia.
Para el judaísmo, como para casi todas las religiones, la pareja y, su consecuencia, la familia, son el núcleo básico para garantizar la identidad de un sujeto y para transmitir sus valores.
Sin embargo, hay otra cuestión propia del pensamiento judío que es la de contemplar la posibilidad que el amor se termine y, por eso el divorcio.

El amor, la seducción, el deseo de salir al encuentro del otro aún cuando todo parece haber sido perdido, es decir, a los encuentros y desencuentros propios de la vida de una pareja, también hace referencia el Talmud.

George Bataille, sostiene que lo más grave que viene sucediendo con las parejas es que, consideran al hábito en el matrimonio como lo que apaga la intensidad de la pasión y, que al erotismo repetido se le atribuía la ausencia de placer. Sin embargo, considero que sin una secreta comprensión de los cuerpos, que sólo a la larga se establece, la unión es pasajera y muy superficial. “El hábito tiene el poder de profundizar lo que la impaciencia no reconoce” (Bataille)

Cuando Zigmund Bauman insiste en que en la “sociedad líquida” el viento se lleva las palabras, yo considero que “palabra y piedra lanzadas no retroceden”. El descuido por el otro al proferirlas, puede dañar profundamente a los miembros de la pareja. Por eso, la elección de la palabra “boludo”, por parte del poeta Juan Gelman, a raíz de una pregunta formulada por el diario “El país” (España), como la que mejor representa a los argentinos, es para mí un desacierto. Un “te quiero, boluda” o “gracias por el regalo, boludo” no sólo puede fastidiar sino desarticular cualquier pareja.

De todas maneras, es necesario poder ponerle palabras a los sentimientos amorosos, salir del encierro que conlleva la mudez porque decir es decir a tiempo y los destiempos desalientan los buenos encuentros.
Por otra parte, si el lenguaje es el espejo en el que nos miramos, las palabras de reconocimiento producen una satisfacción que va más allá de cualquier regalo, porque es por la vía de la palabra y no la de los objetos que es posible, para la pareja, un encuentro mejor. Por eso, es esencial dar lugar a la palabra de un modo tal que sea posible confiar uno en el otro, ahuyentar temores y, recrear en cada instante, un campo amoroso que posibilite proyectarse en el futuro.

Quiero concluir con este pensamiento de Octavio Paz:
“El amor es intensidad y por esto es una distensión del tiempo: estira los minutos y los alarga como siglos”.

Susana Grimberg. Psicoanalista, escritora y columnista.

Admin Radio Sentidos

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