Espectaculos
Deep Purple en el Luna Park
Oficio, destreza y belleza áspera en una nueva visita de la mítica agrupación británica.
Arranquemos filosofando y digamos que ver a Deep Purple en el Luna Park demuestra cuánto más cuesta detectar la belleza en lo áspero, lo estridente y lo visceral que en lo delicado y etéreo, como si los estándares publicitarios irreales que se aplican a hombres y mujeres se trasladaran a las manifestaciones culturales. El riff de "Smoke on the Water" (yendo, de una, hasta el final del show) es arenoso, feo y golpeador, y por eso (no pese a eso) es un reservorio de magia a la altura -por calidad y relevancia histórica- de cualquier himno llenador de estadios. Pero no hay multitudes agolpadas aquí, no hay bloqueos en Ticketek, no hay Disneylandia: son unos seis, siete mil dementes del rock clásico los que agitan sus brazos espásticamente para celebrar tamaño hito. Indispensables para entender la descendencia pesada, integrantes de la maldita trilogía de padres del metal junto a Sabbath y Zeppelin y -sobre todo- músicos virtuosos que se mantienen en forma, el quinteto es -aunque a algún heavy le pique la descripción- un gigantesco despliegue de oficio, ritmo y belleza.
Como para dejar en claro de movida que la cosa va en serio empiezan con "Highway Star" en versión extendida, cosa que repiten prácticamente en cada canción, aprovechando su evidente soltura y sus ganas de jugar, pero también tratando de restarle protagonismo al que hoy por hoy es el eslabón más débil de la banda: su cantante. Sin que su performance sea particularmente floja, Ian Gillan sufre el triste destino de los vocalistas de registro agudo: su voz suena gastada, con poco caudal, sin aflojarle al pitch pero sí viéndose forzado a esfuerzos sobrehumanos para hacerse escuchar, tras décadas de alaridos ultrasónicos. En tanto, en "Maybe I'm a Leo" el tecladista Don Airey saca a relucir su habilidad para el piano blusero y Steve Morse convierte su guitarra en el rugir de una moto, al tiempo que "Strange Kind of Woman" reconfirma la vocación por el groove que hay detrás de esos fraseos fibrosos.
La armonía oriental y amenazante de "Rapture of the Deep" y la joya "Mary Long" de Who Do We Think We Are? (1973) son un lapso de descanso que deriva en una interacción espacial, puro sustain, casi floydiana, entre el teclado y la guitarra. Es la intro de "When a Blind Man Cries", un slow blues que también tiene su coda instrumental, ahora más cercana a la clásica. "Knocking at Your Back Door" suena despojada de la artificialidad ochentosa de la original, y termina convirtiéndose en una reafirmación de su propia influencia sobre la New Wave of British Heavy Metal, una especie de devolución de gentilezas con posterioridad. Hasta que, al fin, llega el boogie woogie en anabólicos de "Lazy", el público entra en éxtasis y Don Airey aprovecha para hacer todo bien, llevando su participación hacia un solo que incluye sintetizadores retro futuristas, pianos clásicos, más blues y hasta un medley de Piazzolla.
Luego, tándem final de riffs pesados: primero "Perfect Strangers", a continuación "Space Truckin'" y por último el mencionado "Smoke on the Water". A la hora de los bises, la infaltable "Hush", la (breve) instancia de exhibición de pericia de la impresionante base rítmica (Roger Glover usa su bajo como una guitarra sin dejar de complementarle el timing a Ian Paice) y la última conexión con el gusto argentino del rock clásico: "Black Night". Telón y fin, con los oídos llenos pero, a la vez, la angustia de una carencia que nunca se satisfará: la de ver a esos tipos que hoy son pura destreza y aplomo, en el momento en el que todavía estaban interesados en ser lo más caliente que alguna vez se haya parado sobre el planeta. Ahí sí: vení a hablarme de bellezas recias.
Por Diego Mancusi
Fuente: Revista Rollingstne
17/10/2011