Paradojas del poder

Susana Grimberg. Nota para Radio Sentidos.

“En nuestros locos intentos, renunciamos a lo que somos por lo que esperamos ser”. William Shakespeare

Se podría hablar sobre las distintas formas en que se juega el poder: el poder en la pareja, en la escuela, en el trabajo y en las variadas formas en las que se revelan las ansias de poder pero, en esta nota, voy a referirme al poder en la política.

Estamos de acuerdo con que la democracia es el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, pero ¿qué es el pueblo?

Etimológicamente, la palabra pueblo deriva del latín, populus, conjunto de los ciudadanos. De populus deriva populacho y popolaccio, despectivo de popolo (pueblo).

Pero, ya que hablamos de ciudadano, se trata de la persona que habita o que es oriundo de una ciudad. La palabra, deriva del latín civĭtas, civitātis, que significa ‘ciudad’, y O sea, ciudadano designa a la persona que ha nacido en un lugar (un pueblo, una ciudad, un país) y que, por ello, es miembro de una comunidad organizada, parte de un Estado y, titular de derechos y deberes sujeto a sus leyes.

En la antigua Grecia, no todos podían considerase ciudadanos pues, para serlo, tenía que reunir un conjunto de condiciones: ser libre y tener cierto nivel de riquezas, la posición social, etc. En este sentido, las mujeres, los extranjeros y los esclavos no podían considerarse ciudadanos. Fue después de la Declaración de los Derechos del Hombre, gracias a la Revolución francesa, que pudo pensarse que todos los hombres nacieron libres e iguales.

Para el psicoanálisis, los lazos sociales y la incidencia de los avatares políticos en la vida de las personas, son sumamente importantes y, su hallazgo, es abordar esos lazos sociales sin reducirlos a las necesidades materiales para la supervivencia. Lo que sostiene los lazos de los seres hablantes entre sí es lo simbólico, es la palabra.

Todos sabemos que, aunque la verdad sea no sólo deseable sino exigible, ésta sólo puede medio decirse porque la palabra no alcanza y puede significar otra cosa que lo que pretende decir. Justamente, un ejemplo interesante nos lo plantea la palabra revolución.

Cuando escribí la palabra revolución, término que unió y entusiasmó a varias generaciones, busqué su significado en el diccionario etimológico de Joan Corominas.

Desde el punto de vista jurídico designa los actos destinados a resistir y cambiar un orden vigente, pero, para la astronomía, la revolución no es ni más ni menos que retornar al punto de partida.

Etimológicamente deriva de “volver” y, a su vez, del latín revolutio, regreso. Entonces, podemos formularnos la siguiente pregunta: ¿Hacia dónde “regresan” las revoluciones?

Sigmund Freud, en El Malestar en la Cultura, analiza la cuestión del comunismo según el cual el motivo de la corrupción de la naturaleza humana radica en la propiedad privada, por lo tanto, si desaparecieran las desigualdades económicas, la bondad, inherente a su naturaleza, le sería restituida.

Suponer que las mejoras económicas conllevarían un cambio en la naturaleza de los seres hablantes, fue la ilusión positivista del marxismo. Las tendencias agresivas forman parte de la naturaleza humana y, por lo tanto, existieron antes que la propiedad privada. Por otra parte, el hombre siempre se resistió a renunciar a la satisfacción de las tendencias agresivas. Es por esto que no es factible que un cambio económico, por sí solo, pueda traer aparejado otros cambios en los lazos sociales.

Es necesario recordar que cuando se creó la ex URSS, sus dirigentes, en nombre de nobles ideales revolucionarios, sometieron a la oposición a una represión tan feroz como la que habían sufrido ellos mismos, argumentando que era necesaria para poner en marcha una nueva sociedad.

Al referirme a los ideales revolucionarios, no puedo dejar de mencionar dos comentarios que se hicieron al respecto. Dora Raquel Abbruzzese, dijo respecto de los políticos, que a menudo utilizan el discurso del Bien, no se trata del Bien para todos sino para ellos mismos y que, a partir de eso, aseveró, descree sobre la existencia de una ideología real que no se limite a buscar afanosamente el poder para dominar a sus gobernados (o su “rebaño o su “pueblo”, o como se le quiera llamar, para exclusivo beneficio propio. También, quiero mencionar a Pablo Freinkel quien dijo respecto de hacia dónde regresan las revoluciones, que todos los movimientos políticos tienen como objetivo dirigirse hacia una “época de oro” donde la vida era mejor y las promesas estaban intactas pero, como ese tiempo es impreciso y no existe brújula que nos guíe, las revoluciones fracasan, además de que evitar la desilusión, implica reforzar el mensaje revolucionario y, ya se sabe, la letra con sangre entra.

El narcisismo de los políticos

Como dije en otros momentos, vivimos un tiempo de prevalencia de la imagen, concomitante con la exacerbación del narcisismo. El individualismo, el exitismo social y las ansias de poder, forman lo que podríamos llamar la cultura narcisista, independiente de la ideología política. El trastorno narcisista de la personalidad se caracteriza por la imagen distorsionada de sí mismo, el exhibicionismo y la falta de empatía.

Si el narcisismo puede ser definido como la conducta motivada por el placer de ser admirado, el exhibicionismo narcisista es la expresión clínica de la necesidad infantil de ser admirado, que se traduciría en el excesivo deseo o necesidad de atención y de una tendencia a presentarse como único y exclusivo.

Según Sigmund Freud, el deseo de los padres respecto del hijo es que no debería estar sometido a las necesidades objetivas que imperan en la vida: enfermedades, muerte, restricción de la voluntad propia, sobre todo porque él es el centro y el núcleo de la creación: His Majesty, the Baby.

Sin embargo, cuando el narcisismo se sostiene a través de los años, el sujeto aumenta en sus exigencias de seguir siendo su majestad. Esto se observa sobre todo en los políticos, especialmente en los gobernantes, los que, como si fueran reyes o, más aún, dioses, harán todo lo posible como para eternizarse en el poder.

El cine supo dar cuenta de esta cuestión. “Todos los hombres del presidente” (1976), una de las películas míticas del cine norteamericano., narra la historia de cómo un par de jóvenes periodistas del Washington Post, descubren un caso de corrupción que terminó haciendo caer a Richard Nixon, presidente de Estados Unidos. La realidad superó a la ficción y permitió crear una de las mejores películas sobre el poder y la corrupción, con las brillantes interpretaciones de Dustin Hoffman y Robert Redford, el excelente guión de William Goldman y la notable dirección de Alan J. Pakula, que logra que el ritmo de la película, no decaiga en ningún momento

Preparados para recibir aplausos

También, “La cortina de humo”(1997), sátira sobre el poder dirigida por Barry Levinson e interpretada por Robert de Niro y Dustin Hoffman, plantea que la política es conseguir el poder por el poder, sin importar los medios que se empleen, como en este caso montar una guerra para tapar un escándalo sexual del presidente. El guión de David Mamet esboza la manipulación política a través de los medios de comunicación y Dustin Hoffman, interpreta maravillosamente, al productor caracterizado por una insoportable egolatría.

Justamente, el ególatra o, la persona narcisista, al considerarse por encima de cualquier otro y al tener una enorme necesidad de aprobación, exige que los demás le corroboren cuán grande es. Intolerante con las críticas, reacciona de mala manera cuando alguien se atreve a corregirle algo. Manipula a la gente y genera las condiciones para que ningún otro pueda superarlo.

  1. Freud, expresa que es notable cómo, teniendo tan escasas posibilidades de existir aislados, los seres humanos sientan como una lamentable opresión, los sacrificios que la cultura impone, para posibilitar la convivencia y es la misma cultura la que debe ser protegida contra los mismos individuos.

Los totalitarismos, decididamente, rechazan la alteridad. No sin los intereses económicos que los sostienen, apuntan a la eliminación de cualquier otro que, por ser distinto, pueda hacer tambalear sus “verdades supremas”. Por otra parte, como sus seguidores se mueven en bloque, terminan conformando un solo cuerpo (el corpus de la masa), con una sola cabeza, la del jefe que piensa por ellos. Esto sume a esa mayoría, en el anonimato: dejan de ser sujetos para ser una masa aglutinada, consecuencia por demás buscada por la gratificación que implica.

En Latinoamérica, el caudillismo, el liderazgo extremo, la concentración del poder, unidos al culto a la personalidad, son efectos de la misma cuestión: el narcisismo de los gobernantes y la necesidad, por parte de la masa, de un líder del que aceptan, con naturalidad, que una vez que llegan al poder, decidan no rendirle cuentas a nadie más que a sí mismos.

Quiero concluir con esta frase de Baruj Spinoza:

“Todo cuanto los hombres deciden para su bienestar, no se sigue que sea para el bienestar de toda la naturaleza, sino más bien, por el contrario, puede ser para la destrucción de otras muchas cosas”

Y con este pensamiento de José Ingenieros:

“Cuando las miserias morales asolan a un país, culpa es de todos los que por falta de cultura y de ideal, no han sabido amarlo como patria: de todos los que vivieron de ella, sin trabajar para ella”.

 

 

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