El acoso

“Ante las atrocidades, tenemos que tomar partido.  El silencio estimula al verdugo.” Elie Wiesel. Premio Nobel de la Paz 1987

Desde el derecho de Pernada, con el que el señor feudal, violaba o desvirgaba a cualquier campesina justo antes de que ella contraiga nupcias, hoy, algunos jefes o directores continúan, con ese derecho, dado que identifican el placer con la dominación.

Alicia Dujovne Ortiz en su nota del sábado pasado, para La Nación (03-11-2017), dijo que la amplia gama que va desde el toqueteo hasta el crimen sexual, tienen que ver con el ejercicio del poder. Si el hombre actúa como un cazador frente a su presa, la mujer acosada es, valga la redundancia, su “presa”. Tanto es así que queda, literalmente, presa de una parálisis que la inmoviliza.
Muchas mujeres no pueden decir no, por miedo a perder su trabajo, el que tiene o el que puede llegar a tener; también, por miedo a perder su pareja. La mujer que no desea sino que se somete a los requerimientos del otro, es también una mujer violada.

¿Y el piropo? Cuando tiene que ver con la seducción, no es violento en sí mismo. Para la escritora mencionada no hay nada más intrusivo que destacar ciertos atributos de una mujer aunque alguna mujer pueda sentirse halagada. Y si es la mujer la que ¿piropea? El hombre también puede sentir que se merece un halago. En las sendas de la seducción, hay piropos que son muy bienvenidos.

Acoso laboral
El acoso laboral, es una acción que se basa en descalificar, humillar de una manera sostenida en el tiempo, en el trabajo, a cualquier persona, con el fin de desestabilizarla psíquicamente. El acoso sexual, tiene por objeto el sometimiento de otro a partir de una posición de superioridad. Ambos, atentan contra la dignidad e integridad de la persona.

çEl acoso, en las formas mencionadas, es un proceso largo por el cual la persona, sea hombre o mujer y, sin darse cuenta de lo que sucede, va perdiendo su autoestima y la confianza respecto de lo propio.
El acosador, apela a técnicas bastante sutiles como insinuaciones, miradas, mentiras y no cede hasta doblegar al más frágil, incluso dando vuelta la situación desde un lugar en el que priman la fuerza y el poder. Si el humillado, se pone en una posición defensiva, puede provocar más violencia no sólo verbal sino física porque, a pesar de que el agresor no pretende destruir a su víctima de inmediato, su propósito es anular la capacidad de defensa y toda muestra de rebeldía.

En el campo laboral, avasalla a su víctima cuando está sola o la desacredita en presencia de otras personas. Siente el mismo placer como cuando le asigna tareas inalcanzables por los plazos imposibles para concluirlas además de amenazarlo/la con la pérdida del trabajo. Como nadie es imprescindible y muchos, son los afectados por la desocupación, la víctima se somete sin dudar.

El acosador disfruta arrebatándole a su víctima, las tareas de responsabilidad a cambio de tareas rutinarias. También, discriminarlo o ignorarlo, son actos a los que el acosador apela sin ningún prurito. En situaciones extremas, hasta puede retener información y manejarla a su antojo para inducir al error.
Innumerables son los casos en los que las víctimas no pudieron acceder, ni siquiera, a seminarios y cursos de capacitación. Más grave aún, es cuando el acoso laboral llega al extremo de bloquear administrativamente a una persona además de invadir su privacidad, interviniéndole tanto el correo como el teléfono.

Atacar las convicciones personales, la ideología o la religión, es el arma privilegiada que muchos, en mi opinión, mediocres, suelen usar.

Acoso sexual
No hay diferencias entre el acoso sexual y el laboral. Ambos se sostienen en la descalificación y humillación del otro.

Si hacemos un recorrido por los programas de televisión, los mismos pueden funcionar como una pantalla propicia para el goce del conductor-acosador, dado que puede maltratar, graciosamente, a algún protagonista independientemente del sexo, aunque, en realidad, la mayoría de las víctimas de la burla, son mujeres. Muchos conductores de programas de radio y, también, de televisión, hacen de la burla su ley motiv.

Cuando se habla de acoso sexual, se piensa a la mujer como víctima y al hombre como victimario, pero no siempre es así, porque los varones también sufren de acoso propiciado por mujeres, sobre todo en el ámbito laboral. Quiero aclarar que, cuando algunas de las víctimas puede denunciar al hostigador, la misma siempre está relacionada con el exceso de presión, el hostigamiento o, más grave: el chantaje.

En la bellísima película “Relaciones peligrosas” (1988) dirigida por el director inglés Stephen Frears, ubicada en la decadente Francia dieciochesca prerrevolucionaria, sucede esta historia de intrigas y ambiciones entre la nobleza. La misma da cuenta de la psicopatía del personaje, magistralmente interpretado por John Malcovich, Vizconde de Valmont, quien seduce, hasta enloquecerla, a Madame de Tourvel (Michelle Pfeiffer), una dama casada y conocida por su moral católica.

Los últimos sucesos de avasallamiento hacia la mujer, trajeron a mi memoria el libro de Daniel, en la Biblia, Capítulo 13, que relata la historia de Susana, bella mujer, esposa de Joaquim, influyente judío de Babilonia. No estando su marido y en el momento en que se dirigía a tomar un baño en el jardín de su casa, fue acosada por dos ancianos jueces. La historia narra que al no acceder a las demandas sexuales de los jueces, ellos la denunciaron mintiendo que la habían descubierto seduciendo a un joven. Pese a que, por ese motivo, sería condenada a muerte, ella se niega a aceptar los requerimientos de esos sujetos. Daniel, que apareció cuando ella era llevada a cumplir la condena, interrogó a los acusadores y al poner en evidencia que había falsedad en los relatos, la salvó de ser lapidada.

Retomando la cuestión de los piropos, muchas veces expresión de galantería, alabanza o de cortesía, en otras situaciones, suelen ser muy violentos.

En los noviazgos y en las parejas en general, los piropos, cuando tienen que ver con el deseo de seducir, pueden ser bienvenidos como dije anteriormente. No lo son, los que provienen de intenciones muchas veces descalificadores y que apuntan a humillar y someter al otro, sea éste hombre o mujer.
En sociedades agresivas, el piropo es, muchas veces, el vehículo para violentar al otro, sobre todo si piensa de una manera diferente del que ostenta el poder.

Insisto: el poder puede ser ostentado hoy en día, indistintamente, tanto por el hombre como por la mujer. De todas maneras, debo admitir que, socialmente, la mujer sigue siendo el blanco preferido para los peores insultos.

No hace mucho tiempo, calificaron a una diputada de trola, porque exhibía sus “curvas” y sus pechos un poco más que lo habitual (Victoria Donda) o el “¡Callate, atorranta!, que vociferó el diputado Larroque a la diputada Laura Alonso, en un lamentable febrero de 2013, cuando se trataba en el Congreso el Memorándum con Irán.

Quiero concluir con esta frase de Kofi Annan, séptimo Secretario General de las Naciones Unidas (1997-2006) y Premio Nobel de la Paz en el 2001:
“La violencia contra la mujer es quizás la más vergonzosa violación de los derechos humanos. No conoce límites geográficos, culturales o de riquezas. Mientras continúe, no podremos afirmar que hemos realmente avanzado hacia la igualdad, el desarrollo y la paz”.

Susana Grimberg. Psicoanalista, escritora y columnista.
Link http://www.radiosentidos.com.ar/programacion/a-la-vuelta-de-la-esquina/

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