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¡Felices Pascuas!
La frase en estos últimos días tiene significados encontrados. Por un lado infiere una tradición de dos mil años que evoca alguna muerte y resurrección en una de las religiones más difundidas en el mundo. Así también nos acerca la liberación del pueblo judío en tierras egipcias y su paso por el desierto hacia la Tierra prometida con el nacimiento de un nuevo pueblo y esta vez, a diferencia de Jesús mil doscientos años más tarde, Moisés es el hombre a seguir. Algo más cerca, semejante a lo que representarían algunos minutos en todo un día si comparásemos los tres mil ochocientos años con los doce que lo separan, se celebra una reafirmación de espíritu cívico que más allá de aciertos y errores, dejó en la conciencia de su pueblo la feliz idea inaceptable de volver a un pasado nefasto. Es probable que esta frase no haya sido la que reflejara con mayor autenticidad la situación real que se vivía en esa época, pero fortaleció la convicción de un camino posible a recorrer que hace esforzar a la memoria si uno decide buscar similitudes pretéritas. Raúl Alfonsín en este caso y bien valga su recuerdo a pocas horas de su desaparición, ha sido el otro hombre. No dejará de ser válido entonces evocar en estos pueblos que confiaron cada uno en sus propios líderes lo particular de estos días, donde los racimos de cada libro sagrado, llámese Nuevo Testamento, Hagadá o Constitución, se unen ante cualquier distracción imperceptible. Después vendrán las costumbres de comer pan ácimo o pescado en vez de carne según cada rito a seguir, pero ya sea con dolor, recogimiento o alegría, sensaciones tan opuestas como hermanas si se toma en cuenta la vida en su totalidad, podremos compartir al menos un huevo de chocolate envuelto con una cinta celeste y blanca con el único fin de celebrar las diferencias.
09/04/2009
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